martes, 14 de agosto de 2007

La Ciudad sin Cielo

El atardecer teñía el cielo de la ciudad de anaranjado y rosa, y las pocas nubes de aquel día de verano eran empujadas por el viento, conformando un hermoso cuadro siempre cambiante. Entre ejecutivos, dueñas de casa, obreros y estudiantes que caminaban mirando al suelo, una chica observaba el ocaso maravillada. Se llamaba Anita. Tenía la tez clara y los ojos oscuros y profundos, y los últimos rayos de sol hacían brillar su cabello cobrizo. Era, en general, una joven bastante común, pero con una capacidad que no muchos poseían: el advertir las cosas bellas a su alrededor.

Sobre esto meditaba, mientras esperaba que el semáforo peatonal diera la luz verde. Pensaba con admiración en lo hermosas que podían ser las puestas de sol; y con tristeza por tantas personas que no lo notaban.

La luz cambió de roja a verde, y Anita atravesó la calle, con la vista fija en el cielo. Aún no había llegado a la acera opuesta, cuando un automóvil a exceso de velocidad y sin respetar los semáforos, cruzó. La joven, distraída como estaba, no se dio cuenta hasta que fue muy tarde, y el vehículo la atropelló.

Fue llevada de urgencia al hospital, pero, pese a los esfuerzos de los médicos, murió horas más tarde.

Accidentes como este no eran poco comunes, y generalmente no merecían más que una pequeña nota lateral en el periódico. Sin embargo, debido a que éste había sido el último de varios hechos similares, fue una noticia de la cual se habló durante varios días.

El gobierno, frente a esta sucesión de accidentes, propuso una ley para mejorar la seguridad peatonal. Días después, luego de un largo debate, el Congreso aprobó la prohibición de observar el cielo en lugares públicos. Los medios bautizaron a este nuevo decreto como “la ley Anita”.

Y se puso en práctica, sin más percance que una pequeña protesta en la plaza central, la cual fue rápidamente sofocada. Los ciudadanos continuaron su rutinaria vida urbana, estudiando y trabajando, durmiendo y comiendo, la mirada siempre en el suelo. Nunca se habían interesado por el cielo. ¿Por qué iban a hacerlo ahora?

Pero una pregunta apareció en la mente de algunos curiosos: ¿Qué tenía el cielo para que se hubiese prohibido observarlo? Y por primera vez, elevaron la mirada y descubrieron el amanecer, el ocaso, las estrellas en el firmamento, y toda la belleza que pendía sobre sus cabezas.

Así se formó un pequeño grupo que, primero tímidamente y luego con más audacia, comenzaron a romper la “ley Anita”. Muchas personas los vieron y también sintieron curiosidad. Y con el pasar del tiempo, el grupo fue aumentando su número.

Viendo las autoridades que no podían detenerlos con multas y castigos, tomaron una decisión drástica.

Una mañana, muy temprano, los vecinos de los arrabales de la ciudad despertaron con un fuerte ruido. Salieron de sus casas, bostezando, y descubrieron con sorpresa un gran grupo de obreros trabajando en una larga construcción. Taladraban y rompían con tierra y pavimento, sin objetivo aparente. Algunos pobladores se acercaron con indignación a los trabajadores: ¿Qué era esta obra de construcción de la cual no habían sido informados? Los interpelados respondían encogiéndose de hombros y murmurando algo sobre el gobierno.

Esa tarde, frente al palacio de gobierno, se juntó un grupo de gente exigiendo explicaciones. Luego de un par de horas, el Ejecutivo salió, y, asediado por los periodistas, declaró que, como medida para mejorar la seguridad peatonal, se construiría una enorme cúpula de metal sobre la ciudad, y así se eliminaría la tentación de observar el cielo, lo cual estaba prohibido.

Inmediatamente los allí reunidos comenzaron a protestar. ¡No podían hacer eso! ¡Se estaba desconfiando de la honradez de cada ciudadano que cumplía las leyes, y además, estéticamente cubrir el lugar se vería horrible!

Entonces el Presidente se apresuró a agregar que no desconfiaba de sus honorables ciudadanos, pero era mejor “prevenir que curar”. Dijo además que los mejores arquitectos estaban dedicados el trabajo, y la burbuja quedaría cual obra de arte; y convertiría además a la ciudad en la primera del mundo encerrada en una cúpula de metal.

La gente con esto quedó convencida, y se retiraron a sus casas contentos con la idea de aparecer en el libro de récords.

Pocos días más tarde, aparecieron carteles en las calles y anuncios en la televisión que informaban sobre el gran proyecto de construcción que se estaba realizando. En las letras pequeñas que se leían más abajo, decía: “Los que no se encuentran conformes con esta obra tienen todo el derecho a marcharse de la ciudad. Ley establecida por el decreto 23.478 en la Constitución”

Y varias personas, las que acostumbraban romper la “ley Anita”, vendieron sus casas, hicieron las maletas y se fueron. Quedó entonces la ciudad disminuida en población, y en cantidad de artistas e intelectuales; pero esto no preocupó al Estado, pues los que se quedaban estaban todos contentos con la nueva obra en construcción, y no daban ningún problema.

Seis meses después, la burbuja estaba terminada. Cubría la ciudad en su totalidad, con excepción de un agujero a la altura del aeropuerto. Al interior, la gente que se había quedado vivía la misma aburrida rutina, pero no les importaba. Siempre habían vivido así. ¿Cuál era el problema?

Además, habían conseguido lo que tantos soñaban, estar en el libro de récords. Si abrían la página 763, allí, en una pequeña nota, decía: “Récord: La ciudad más rutinaria, inculta y aburrida del mundo: La Única Ciudad Sin Cielo”

Los ciudadanos, alegres por su aparición en el libro y en honor a esto, erigieron un monumento en la plaza central. Al pie, se leía: “Gracias, Anita”
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Este cuento lo escribí el año pasado. Tenía una idea y mucha crítica en la cabeza... crítica a la gente, a nosotros mismos, más que nada...y aquí salió.
Con este gané el concurso literario de mi colegio el año pasado. =).

Sofi

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