El atardecer teñía el cielo de la ciudad de anaranjado y rosa, y las pocas nubes de aquel día de verano eran empujadas por el viento, conformando un hermoso cuadro siempre cambiante. Entre ejecutivos, dueñas de casa, obreros y estudiantes que caminaban mirando al suelo, una chica observaba el ocaso maravillada. Se llamaba Anita. Tenía la tez clara y los ojos oscuros y profundos, y los últimos rayos de sol hacían brillar su cabello cobrizo. Era, en general, una joven bastante común, pero con una capacidad que no muchos poseían: el advertir las cosas bellas a su alrededor.
Sobre esto meditaba, mientras esperaba que el semáforo peatonal diera la luz verde. Pensaba con admiración en lo hermosas que podían ser las puestas de sol; y con tristeza por tantas personas que no lo notaban.
La luz cambió de roja a verde, y Anita atravesó la calle, con la vista fija en el cielo. Aún no había llegado a la acera opuesta, cuando un automóvil a exceso de velocidad y sin respetar los semáforos, cruzó. La joven, distraída como estaba, no se dio cuenta hasta que fue muy tarde, y el vehículo la atropelló.
Fue llevada de urgencia al hospital, pero, pese a los esfuerzos de los médicos, murió horas más tarde.
Accidentes como este no eran poco comunes, y generalmente no merecían más que una pequeña nota lateral en el periódico. Sin embargo, debido a que éste había sido el último de varios hechos similares, fue una noticia de la cual se habló durante varios días.
El gobierno, frente a esta sucesión de accidentes, propuso una ley para mejorar la seguridad peatonal. Días después, luego de un largo debate, el Congreso aprobó la prohibición de observar el cielo en lugares públicos. Los medios bautizaron a este nuevo decreto como “la ley Anita”.
Y se puso en práctica, sin más percance que una pequeña protesta en la plaza central, la cual fue rápidamente sofocada. Los ciudadanos continuaron su rutinaria vida urbana, estudiando y trabajando, durmiendo y comiendo, la mirada siempre en el suelo. Nunca se habían interesado por el cielo. ¿Por qué iban a hacerlo ahora?
Pero una pregunta apareció en la mente de algunos curiosos: ¿Qué tenía el cielo para que se hubiese prohibido observarlo? Y por primera vez, elevaron la mirada y descubrieron el amanecer, el ocaso, las estrellas en el firmamento, y toda la belleza que pendía sobre sus cabezas.
Así se formó un pequeño grupo que, primero tímidamente y luego con más audacia, comenzaron a romper la “ley Anita”. Muchas personas los vieron y también sintieron curiosidad. Y con el pasar del tiempo, el grupo fue aumentando su número.
Viendo las autoridades que no podían detenerlos con multas y castigos, tomaron una decisión drástica.
Una mañana, muy temprano, los vecinos de los arrabales de la ciudad despertaron con un fuerte ruido. Salieron de sus casas, bostezando, y descubrieron con sorpresa un gran grupo de obreros trabajando en una larga construcción. Taladraban y rompían con tierra y pavimento, sin objetivo aparente. Algunos pobladores se acercaron con indignación a los trabajadores: ¿Qué era esta obra de construcción de la cual no habían sido informados? Los interpelados respondían encogiéndose de hombros y murmurando algo sobre el gobierno.
Esa tarde, frente al palacio de gobierno, se juntó un grupo de gente exigiendo explicaciones. Luego de un par de horas, el Ejecutivo salió, y, asediado por los periodistas, declaró que, como medida para mejorar la seguridad peatonal, se construiría una enorme cúpula de metal sobre la ciudad, y así se eliminaría la tentación de observar el cielo, lo cual estaba prohibido.
Inmediatamente los allí reunidos comenzaron a protestar. ¡No podían hacer eso! ¡Se estaba desconfiando de la honradez de cada ciudadano que cumplía las leyes, y además, estéticamente cubrir el lugar se vería horrible!
Entonces el Presidente se apresuró a agregar que no desconfiaba de sus honorables ciudadanos, pero era mejor “prevenir que curar”. Dijo además que los mejores arquitectos estaban dedicados el trabajo, y la burbuja quedaría cual obra de arte; y convertiría además a la ciudad en la primera del mundo encerrada en una cúpula de metal.
La gente con esto quedó convencida, y se retiraron a sus casas contentos con la idea de aparecer en el libro de récords.
Pocos días más tarde, aparecieron carteles en las calles y anuncios en la televisión que informaban sobre el gran proyecto de construcción que se estaba realizando. En las letras pequeñas que se leían más abajo, decía: “Los que no se encuentran conformes con esta obra tienen todo el derecho a marcharse de la ciudad. Ley establecida por el decreto 23.478 en la Constitución”
Y varias personas, las que acostumbraban romper la “ley Anita”, vendieron sus casas, hicieron las maletas y se fueron. Quedó entonces la ciudad disminuida en población, y en cantidad de artistas e intelectuales; pero esto no preocupó al Estado, pues los que se quedaban estaban todos contentos con la nueva obra en construcción, y no daban ningún problema.
Seis meses después, la burbuja estaba terminada. Cubría la ciudad en su totalidad, con excepción de un agujero a la altura del aeropuerto. Al interior, la gente que se había quedado vivía la misma aburrida rutina, pero no les importaba. Siempre habían vivido así. ¿Cuál era el problema?
Además, habían conseguido lo que tantos soñaban, estar en el libro de récords. Si abrían la página 763, allí, en una pequeña nota, decía: “Récord: La ciudad más rutinaria, inculta y aburrida del mundo: La Única Ciudad Sin Cielo”
Los ciudadanos, alegres por su aparición en el libro y en honor a esto, erigieron un monumento en la plaza central. Al pie, se leía: “Gracias, Anita”
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Este cuento lo escribí el año pasado. Tenía una idea y mucha crítica en la cabeza... crítica a la gente, a nosotros mismos, más que nada...y aquí salió.
Con este gané el concurso literario de mi colegio el año pasado. =).
Sofi
martes, 14 de agosto de 2007
Melancolía de Invierno (Parte 1)
La fría mañana había llegado a la base, pero sólo un hombre lo había notado. Charles Nicholson se vistió, tomó su linterna y salió de su habitación. Caminó pensativamente por el enorme lugar, todo cubierto de sombras. No le gustaba mucho la perspectiva de un día solitario, pero tenía que cumplir con su trabajo. Sin embargo, al acercarse a la cocina vio que la puerta estaba abierta y notó la silueta de una persona. Era baja y de pelo largo, y de pronto, se le cayó su taza de café. Tenía que ser Amanda. Sonriendo para sus adentros, Charlie se apresuró a ayudarla a limpiar.
- Así que ya es la mañana- dijo ella, y lo miró con sus expresivos ojos – Vas a salir a buscar animales, ¿o no?
- Claro que sí, es mi deber de zoólogo- respondió él, fríamente.
- Yo no saldría con veinte grados bajo cero.
- Tengo que ir. Es la temperatura más alta que ha habido en todo el invierno, debo aprovecharla.
- ¡Charlie, estás obsesionado con tu trabajo!- gritó Amanda, perdiendo el control- ¡Si todavía quieres morir congelado, yo no te voy a detener!¡Eres demasiado terco!
Miró a Charlie, con los ojos centelleantes de furia, y se fue, cerrando de un portazo.Lo que acababa de ocurrir no era extraño. Amanda había estado muy irritable con Charlie desde que a él se la había ocurrido salir con menos treinta grados y casi había muerto. Pero ahora había diez grados más y Charlie había aprendido muchas cosas a lo largo del invierno.
Entonces llegó la voz, esa que había empezado a escuchar después de decidirse a cambiar de vida, y que se había vuelto mucho más insistente después de conocer a Amanda.
- Hiciste que se fuera- dijo la voz
- Me esperó aquí sólo para reprenderme- respondió Charlie
- Ella sólo trata de cuidarte.
- ¡Yo sé cuidarme solo!
- Deberías buscar un trabajo menos riesgoso.
- ¿Qué más puedo hacer?¡Soy un zoólogo! Y si no trabajo, no puedo pagar mi estancia aquí.
- Pídele dinero a tu familia.
- No podría. Ni siquiera me recibirían después de lo que les hice.
- Entonces vete a vivir a otro lugar.
- No puedo, porque Amanda nunca va a querer irse conmigo.
- No le has preguntado.
- Y no lo voy a hacer. Yo tengo razón, debo trabajar.
La voz se presentaba sólo a veces, casi siempre cuando tenía que tomar decisiones importantes. Pero últimamente había estando molestándolo mucho, por no decir acosándolo. Le hablaba casi todo el día, recordándole lo malo que había hecho. Era como una persona indeseable que no se podía quitar de encima. Charlie había decidido ignorarla, pero era imposible. No obstante, esta vez no la dejaría ganar. Haría justo lo contrario a lo que le aconsejara, y así tal vez la voz se aburriría, viendo que no le hacía caso, y lo dejaría de molestar.
———–
Voy a dividir este cuento en tres partes, para no postear el medio texto así de una…
Ojalá les guste =)
Jose I
- Así que ya es la mañana- dijo ella, y lo miró con sus expresivos ojos – Vas a salir a buscar animales, ¿o no?
- Claro que sí, es mi deber de zoólogo- respondió él, fríamente.
- Yo no saldría con veinte grados bajo cero.
- Tengo que ir. Es la temperatura más alta que ha habido en todo el invierno, debo aprovecharla.
- ¡Charlie, estás obsesionado con tu trabajo!- gritó Amanda, perdiendo el control- ¡Si todavía quieres morir congelado, yo no te voy a detener!¡Eres demasiado terco!
Miró a Charlie, con los ojos centelleantes de furia, y se fue, cerrando de un portazo.Lo que acababa de ocurrir no era extraño. Amanda había estado muy irritable con Charlie desde que a él se la había ocurrido salir con menos treinta grados y casi había muerto. Pero ahora había diez grados más y Charlie había aprendido muchas cosas a lo largo del invierno.
Entonces llegó la voz, esa que había empezado a escuchar después de decidirse a cambiar de vida, y que se había vuelto mucho más insistente después de conocer a Amanda.
- Hiciste que se fuera- dijo la voz
- Me esperó aquí sólo para reprenderme- respondió Charlie
- Ella sólo trata de cuidarte.
- ¡Yo sé cuidarme solo!
- Deberías buscar un trabajo menos riesgoso.
- ¿Qué más puedo hacer?¡Soy un zoólogo! Y si no trabajo, no puedo pagar mi estancia aquí.
- Pídele dinero a tu familia.
- No podría. Ni siquiera me recibirían después de lo que les hice.
- Entonces vete a vivir a otro lugar.
- No puedo, porque Amanda nunca va a querer irse conmigo.
- No le has preguntado.
- Y no lo voy a hacer. Yo tengo razón, debo trabajar.
La voz se presentaba sólo a veces, casi siempre cuando tenía que tomar decisiones importantes. Pero últimamente había estando molestándolo mucho, por no decir acosándolo. Le hablaba casi todo el día, recordándole lo malo que había hecho. Era como una persona indeseable que no se podía quitar de encima. Charlie había decidido ignorarla, pero era imposible. No obstante, esta vez no la dejaría ganar. Haría justo lo contrario a lo que le aconsejara, y así tal vez la voz se aburriría, viendo que no le hacía caso, y lo dejaría de molestar.
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Voy a dividir este cuento en tres partes, para no postear el medio texto así de una…
Ojalá les guste =)
Jose I
Inmensidad
“Soy el mar”
grita una gota de agua.
Lágrima de los ríos que,
aunque sumergida en la azul profundidad
del caprichoso océano cambiante,
tan solo se abraza, ignorante,
a su propia y diminuta inmensidad.
“Soy el otoño”
susurra una hoja anaranjada.
Bailarina traviesa del viento,
tan abstraída en su danza va
que no advierte aquellos árboles vestidos de gala
que, a su alrededor, juegan también a ser parte
del melancólico ocaso estival.
“Soy la música”
canta la alegre flauta.
Dulce instrumento que,
exhalando la aguda nota con un suspiro,
olvida que la verdadera música
es aquella melodía que producen
cuerda, aire y tambor,
formando finalmente
una sola y hermosa canción.
“Soy el mundo”
anuncia triunfante el hombre.
Hermoso ser que,
abriendo los brazos,
imagina girando a su alrededor
la música, el otoño, el mar, el cosmos;
y cierra los ojos para olvidar
a tantos otros que también creen
que lo central e importante
es su propia unicidad.
¿Y qué será, pues
cuando aquella gota de agua se evapore,
cuando el viento barra aquella hoja otoñal,
cuando el canto de la flauta se silencie,
cuando la vida de aquel hombre llegue a su final?
Seguirá el inmenso mar
en su eterno torbellino
y sus luchas de guerra y paz.
Seguirán las estaciones,
y regresará el melancólico otoño,
engalanando a los árboles con sus colores.
Seguirá cantando la música
mientras aún exista quien escuche
sus dulces melodías y canciones.
Seguirá girando el mundo;
nacerán hombres, morirán hombres,
cada uno según su turno.
Es un ciclo de eterno danzar.
Porque, gracias a Dios,
el hombre es gota de agua,
y no mar.
————————————————————————-
Es una versión “beta”. Recibí algunos comentarios (gracias Pato, miss Carolina…) y estoy viendo si corto a partir de los versos con preguntas, para dejar la interrogante del poema abierta. No sé. A mi me gusta. El título es temporal, todavía no estoy segura.
Sofi
grita una gota de agua.
Lágrima de los ríos que,
aunque sumergida en la azul profundidad
del caprichoso océano cambiante,
tan solo se abraza, ignorante,
a su propia y diminuta inmensidad.
“Soy el otoño”
susurra una hoja anaranjada.
Bailarina traviesa del viento,
tan abstraída en su danza va
que no advierte aquellos árboles vestidos de gala
que, a su alrededor, juegan también a ser parte
del melancólico ocaso estival.
“Soy la música”
canta la alegre flauta.
Dulce instrumento que,
exhalando la aguda nota con un suspiro,
olvida que la verdadera música
es aquella melodía que producen
cuerda, aire y tambor,
formando finalmente
una sola y hermosa canción.
“Soy el mundo”
anuncia triunfante el hombre.
Hermoso ser que,
abriendo los brazos,
imagina girando a su alrededor
la música, el otoño, el mar, el cosmos;
y cierra los ojos para olvidar
a tantos otros que también creen
que lo central e importante
es su propia unicidad.
¿Y qué será, pues
cuando aquella gota de agua se evapore,
cuando el viento barra aquella hoja otoñal,
cuando el canto de la flauta se silencie,
cuando la vida de aquel hombre llegue a su final?
Seguirá el inmenso mar
en su eterno torbellino
y sus luchas de guerra y paz.
Seguirán las estaciones,
y regresará el melancólico otoño,
engalanando a los árboles con sus colores.
Seguirá cantando la música
mientras aún exista quien escuche
sus dulces melodías y canciones.
Seguirá girando el mundo;
nacerán hombres, morirán hombres,
cada uno según su turno.
Es un ciclo de eterno danzar.
Porque, gracias a Dios,
el hombre es gota de agua,
y no mar.
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Es una versión “beta”. Recibí algunos comentarios (gracias Pato, miss Carolina…) y estoy viendo si corto a partir de los versos con preguntas, para dejar la interrogante del poema abierta. No sé. A mi me gusta. El título es temporal, todavía no estoy segura.
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