La primera, un misterioso café, un misterioso y anciano árbol, lleno de barbas de viejo y orejas de palo. Un iris ribeteado de verde musgo. Ojos serios, impasibles, aunque gastados por el tiempo, como el viejo árbol. Ojos que irradian seguridad y tranquilidad. Un viejo árbol mohoso.
La segunda, un café claro y profundo. Mirada de oro y miel. Ojos rebosantes y brillosos de alegría. Mirada dulce y pacífica, mirada angelical, mirada divina. Ojos de agua y sol. Ojos transparentes que iluminan. Ojos que lloran de alegría.
El árbol necesita del sol, del agua. Dos personas dan la vida en una mirada. Escrutan la pupila del otro hasta su parte más oscura y escondida. Sobran palabras. Sus corazones se reflejan en sus ojos, lo ven todo, lo comprenden todo. En una sola mirada ven pasar la vida del otro. Ya no importa nada más. Sólo una mirada. Hasta el más recóndito sentimiento o recuerdo se descubre. La mirada se vuelve eterna, inmortal. Prevalece, más allá del tiempo y del espacio, más allá de la existencia humana. Se queda junto a lo infinito, con el Infinito.
Silencio. Dos personas se miran. Y en una mirada, comprenden que no hay nada más querido, más preciado, que el otro.
por Jose I